jueves, 15 de noviembre de 2012

Dafne y Salomé

Román despertó al sentir el aire fresco de la mañana. Se revolvía entre sábanas sorbiendo el aire salobre, fugaz, recién mezclado con la espuma del mar.  El sol filtrado entre palmeras se ensañó con sus ojos, despertó en el estertor de un sueño inconcluso. Odiaba los amaneceres en que se interrumpían placenteros sueños que no volvería a recuperar. Tenía vagas nociones de los días pasados hasta ese momento. Observó las gaviotas en picada sobre las aguas, no dudó en expresar una leve sonrisa ante aquel espléndido espectáculo de la naturaleza. Empezó a tener breves recuerdos, fueron sucediéndose lentamente. Se incorporó sobre el cabezal de la cama y entre el oleaje del mar y la brisa comenzó a hilvanar escenas interminables, circulares, como una carga que no se puede abandonar por más que se desee.



Dafne y Salomé tratan de absorber sus almas en un beso profundo, él solo puede divisar siluetas en la oscuridad. Palpan sus grandes pechos sin misericordia de los sostenes, sin importar las miradas curiosas. De pronto se apartan, salen del pasillo y se acercan a la mesa al compás de un tango sonámbulo en el estrado.
¡Hola Román! ¿Tardamos? ¿No verdad? Es que el baño estaba lleno. Pero ya estamos aquí. Dijo Salomé al momento de tomar asiento.
No se preocupen, pedí otra copa para ustedes. Beto y Mariana están bailando. Y Salomé lo abrazó y lo besó, él sin inmutarse toma otro sorbo a su copa y comenta algo sobre la tardanza de Daniel, el acompañante de Dafne que se había retrasado a la cita de convivencia a la que asistían cada fin de mes.
¿Y tú, quieres bailar amor?
Sabes bien que no bailo. No insistas, dijo Román mientras las exuberantes hembras intercambiaban miradas cómplices.
Seguramente y como de costumbre Daniel nunca llegaría. Salomé volvería a insistir sobre bailar un rato. Román diría que no, entonces ella le pediría permiso para bailar con Dafne en todo caso. Entonces caminarían rumbo a la pista tomadas de la mano, bailarían un rato a la vista de Román. El, como siempre, sentiría celos, recordando a otras acompañantes, y Salomé bailando con ellas en noches similares, en situaciones similares.
Recordaría que desde que se conocieron hace cinco años, ella siempre ha bailado con mujeres porque él odia bailar y ella, con el pretexto de no causarle celos con otros hombres, inocentemente encuentra alguna fémina que satisfaga sus caprichos.
Seguirían bailando, esta vez para internarse entre los danzantes perdiéndose de la vista de Román, para volver a juntar sus labios entre el páramo salvaje de luces que recorrían sus cuerpos sudorosos, entre caricias desesperadas, cabellos húmedos entre labios y respiración agitada. Temerían ser vistas por él y juntarían sus piernas para sentir el calor mutuo acelerando sus emociones, y ya sin remedio seguir besándose a riesgo de ser descubiertas. Él bien sabía,  se imaginaba o disfrutaba.
Quiero bailar Román, no seas duro conmigo.
¡Te dije que no insistieras mujer!
Ahh está bien. ¿Puedo bailar con ella entonces? Dijo Salomé en medio de una sonrisa evidentemente perversa.
Sí está bien, asintió Román sin miramientos.

El oleaje hacía un  mezquino sonido al chocar contra las rocas. Román decidió salir de entre sábanas y humedecer los pies en la frialdad de la arena recién bañada por la espuma  de olas furtivas y elásticas que alebrestaban su encanto por el mar. Había caminado tantas veces por esas playas que su letargo era una caricia al sentido del espacio marino, solía pasar largos ratos allí caminando sobre las rocas, aspirando el aire a veces dulce como salado. Se nublaba su mente en el canto repentino de gaviotas funestas precipitándose sobre las aguas.  Despertar ahí en un tiempo inconcluso era un morir de esperanza, cambiar el entorno de un sueño. Ella era su despertar, un olor a mar entre sus labios que lo hacían volver a recordar.
¡Maldita perra desgraciada, puerca infeliz! Le decía mientras la tomaba desde atrás, le desgarraba la ropa y por los cabellos la empujaba hacia la cama para poseerla con fuerza. Internaba su rostro en las profundidades de sus piernas, sorbiendo los más exquisitos olores femeninos entre fuertes mordiscos, quejidos de ella, llorando de dolor y placer. Ella era el oleaje mismo, que no respetaba emociones ni ideologías, solo la fuerza misma de su pasión.

El dolor y placer que le proporcionaban las rocas bajo sus pies, lo expulsaba del ambiente sonámbulo de la mañana, un instante más en que amaba los amaneceres y los crepúsculos entre los colores diáfanos de los días fugaces.
Caminó toda la mañana con los brazos abiertos y la cama solitaria a lo lejos entre palmeras y la blanca arena.

No hay comentarios: